La caja negra
En marzo de este año, Alto, la compañía de software y tecnología donde fui director de operaciones los últimos ocho años, fue adquirida. Cuando el proceso empezó, hace alrededor de un año, enseguida me puse a pensar en lo que seguía. Entre el auge de AI, la respuesta fue tomando forma sola: después de más de una década en lo digital, quería construir algo tangible.
Aún no sabía qué, ni en qué industria. Solo estaba seguro de que quería capitalizar mi experiencia en productos digitales para buscar la intersección con otras industrias. Lo primero que probé no funcionó: mi entusiasmo por la tecnología y el real estate me llevó a armar una herramienta para inmobiliarios que no pasó la validación de mercado. Pero en ese proceso la atención empezó a virar hacia la construcción, que se terminó imponiendo por una razón simple: es una de las industrias más grandes de la economía y una de las menos digitalizadas del mundo. En Argentina y en América Latina, además, el proceso de construir es tortuoso para todas las partes involucradas: caro, lento, opaco. Cada obra es un proyecto artesanal que arranca de cero, y eso se paga. Lo que más me quita el sueño es que estamos hablando de una de las decisiones de compra más importantes en la vida de la mayoría de las personas, y se toma con menos información que la compra de un electrodoméstico.
El proceso que nadie ve
Si uno lo mira desde afuera, el problema tiene una forma clara: la construcción tradicional es una caja negra. El cliente conoce el punto de partida (capital, expectativas) y el resultado esperado (vivienda terminada). Todo lo que pasa en el medio es invisible, y lo que es peor: no está bajo el control de nadie en particular.
Porque en la obra tradicional, el que integra a todos los actores en la mayoría de los casos es, de hecho, el propio cliente. Arquitecto, ingeniero, corralón, contratistas, gremios, municipio: cada uno opera por su cuenta, y en cada traspaso de información algo se pierde. Los números del sector son elocuentes: las obras ejecutadas con métodos tradicionales presentan un desvío promedio del 25% entre el presupuesto inicial y el costo final, y cerca del 30% de las tareas requieren retrabajo por errores de coordinación. En cualquier industria moderna, esos indicadores serían un escándalo. En la construcción son el estándar aceptado.
En Argentina ese estándar se paga doble. En una economía inflacionaria, un desvío de plazos no es una molestia: es un desvío de costos que puede volver inviable el proyecto. El déficit habitacional argentino supera los 3 millones de hogares, y contra la intuición, no se explica solo por falta de casas: se explica en gran parte por una falla estructural de financiamiento.
La respuesta que el mundo ya dio
Nada de esto es una fatalidad. Buena parte del mundo desarrollado ya respondió a este problema con una palabra: industrialización. Fabricar los componentes de la vivienda en planta, con precisión industrial y calidad controlada, y ensamblarlos en el terreno. En Suecia, el 84% de las viviendas unifamiliares incorpora elementos prefabricados. Los datos comparados indican que la construcción industrializada puede reducir los plazos de obra hasta un 60%, y algo quizás más importante para el contexto argentino: permite cerrar precio antes de empezar. Menos tiempo de exposición a la inflación, menos desvíos, menos caja negra.
En Argentina, la industrialización sigue siendo una fracción mínima del mercado. Pero acá viene lo interesante, y es lo que más me llamó la atención al empezar a estudiar el sector: la capacidad instalada parece existir. Hay fabricantes de sistemas industrializados repartidos por todo el país. Lo que no existe es la capa que los conecte con la demanda: información comparable, procesos estandarizados, trazabilidad. Visto desde el software, esto no es un problema de ladrillos. Es un problema de coordinación y de datos. Y esos problemas sabemos cómo se resuelven.
La apuesta
Sobre esa hipótesis construimos Viventia, que lanzamos formalmente a fines de septiembre después de unos meses de trabajo. La idea es deliberadamente simple: una plataforma que conecta a los fabricantes de construcción industrializada del país con las personas que quieren construir, con diseños pre-establecidos pero configurables por el usuario, precio cerrado y seguimiento del proceso de punta a punta. Orquestamos capacidad que ya existe, en distintos métodos constructivos según el proyecto. La visión es llevar el proceso de construcción a lo más parecido posible a un proceso de producto digital: que construir deje de ser algo que se sufre.
El anuncio formal del lanzamiento ya está en LinkedIn. De lo que funcione, de lo que no, y de todo lo que esta industria tiene adentro (que es bastante más de lo que se ve desde afuera) voy a escribir acá.
Alex F. Ochoaizpuro